
“La impotencia vestía de blanco en Roma. El blanco de Cristiano Ronaldo, blanco presente y blanco futuro. Blanco impoluto e inservible ante la fantasía del Barça, que sacó a la luz las malas artes de CR7. Furioso por el resultado, los fueras de juego y las oportunidades desperdiciadas, sacó los codos ante Puyol, símbolo culé, y se ganó una merecida amarilla. Y claro, la hinchada rival, entre brindis y brindis de cava, le abroncó con saña, como si ya jugara en el Santiago Bernabéu.
No le perdonaron ni cuando se acercó al palco a recoger la medalla de los perdedores. Escuchó las palabras de consuelo de Michel Platini y los 20.000 hinchas que tocaban la gloria en el Olímpico, pendientes de las pantallas, le dedicaron la última y furiosa pitada. Le veían ya como próximo símbolo del máximo rival madrileño
Todo lo perdió Cristiano en la noche romana, la copa, el duelo con Messi y por encima de todo, los nervios. Difícil digestión para alguien tan altivo, conocedor de todos los aromas del éxito. Un año y seis días después de la final de Moscú que le encumbró a los altares, conoció la verdad amarga del fútbol.
El campeón había mordido la lona. Cristiano, su símbolo, era un rey sin cabeza y sin corona”
El Mundo
















